
La mayoría de las veces la Revolución nace y se hace en las calles. Pero en ocasiones aisladas la música es el vehículo y el altavoz para propagar, de puerta en puerta, ese grito devastador que la sociedad necesita. En cada habitación, con la melodía que sirve de acompañamiento, la palabra y su significado avanza hacia los corazones con el único propósito de demostrar que hay muchos tipos de cultura. Sin quererlo, o tal vez sí, León Benavente han hecho de su música revolucionaria, lo que su país necesitaba en este preciso momento.
Que el equipo de El Sol les eligiera como maestros de ceremonias de su noche de cumpleaños, era la señal inequívoca de que íbamos a vivir algo cercano e íntimo, cargado a la vez de la energía suficiente para electrificar nuestra piel.
Ánimo, valientes, nos insinuaban.
Con tiempo suficiente para situarnos frente a Abraham Boba, bajábamos las escaleras de El Sol, y nos sentábamos a los pies de la alfombra que suele tapizar los suelos de sus Shows, para pasar de ese modo, el tiempo de espera necesario y que los cuatro músicos salieran a escena. La calma terminaba por esa noche. La respiración se agitaba, y las pulsaciones se disparaban a las nubes.
Sin miedo a las Hienas, o a las sirenas, como si de una sociedad secreta se tratase, aquellos que hacen de sus letras un himno, conocían el “santo y seña” de entrada a esas actividades ilícitas que conllevan cambiar el mundo en el que vivimos. Así pues nos desperezábamos del letargo en el que nos sume la vida diaria, y nos rendíamos a los encantos de aquellos que se dejan llevar por la música, que viven por y para ella, que han logrado lo que han buscado durante toda una vida. La juventud brillaba por ausencia, sobre, y a los pies del escenario, en las paredes, puede que celebrásemos el cumpleaños de El Sol, pero todos, invitados y protagonistas, éramos acordes a la edad del astro rey.
A ritmo de baquetas retumbantes, golpes precisos marcaban el inicio del fin. De Madrid al cielo, mientras contábamos hasta tres éramos miembros de esa brigada en la que dos son solo uno. En realidad aquí el más cuerdo parece un demente.
En el momento en el que los teclados se desplomaban, literalmente, el show tocaba su fin. Volvíamos a dejar atrás ese nuevo encuentro, sin saber, una vez más, que ponía en aquella postal que una vez enviaste desde Portugal.
Autor; Shara Sánchez.