
Hace ya siete meses Vestusta Morla proponían un salto de fe; sin tener aún en el mercado su nuevo trabajo, daban la opción de tres conciertos en La Riviera. El público de Madrid respondía agotando las entradas para todas las fechas pocos días después de haberse puesto a la venta. La Deriva llegaba cargada de ganas, de ilusión, pero no solo por parte de sus creadores, sino por todos aquellos dispuestos a abrir sus corazones y sus oídos para recoger todo lo que contenía.
Horario temprano para lo que estamos acostumbrados en la capital, pero el hecho de que fuesen Zoé los encargados de poner en marcha la maquinaria musical, merecía sobradamente correr para llegar a tiempo. El Sofware de los mexicanos comenzaba a extenderse por los rincones, sentíamos su manera de fluir y sin duda, conectábamos con ellos tal como su música nos pedía.
Ya habíamos sido testigos de la impresionante puesta en escena de La Deriva, ya habíamos contemplado con la boca abierta el dinamismo, y la energía, de esta nueva gira, pero el hecho de que Vetusta Morla jugara en casa, y con los suyos contemplándoles orgullosos desde bien cerca, añadía un punto más a las expectativas. Puntuales, en la última estrofa de Fly Me To The Moon, y por orden, salían a escena todos los componentes de la banda. Comenzaba a sonar la canción que da título al disco, sin haber transcurrido más que los primeros acordes quedaba bien claro que Madrid ya iba a La Deriva, era tal la entrega y dedicación, tanto por parte del público como por parte de la banda, que la noche prometía ver como se transformaban en uno solo.
Las canciones sonaban como himnos, ninguno de los presentes ocultaba su voz, querían ser partícipes de esa locura que se desataba desde la primera canción. Luces, ecos, sonidos, de los que la banda eran los dueños se entregaban uno por uno a los presentes desde la primera fila hasta la última, todos y cada uno recibía un gran tesoro a cambio de haber hecho una pequeña aportación para que la noche fuese una realidad. Una vez, durante la gira de Mapas, leí a un periodista hablar de que los fans cantaban demasiado alto en los conciertos, siempre que he visto a VM en directo he sentido que la única manera de sacar el estallido de sensaciones que produce su música es cantando con ellos. Una noche más demostraban que una parte muy importante de la banda es el público que les acompaña fielmente.
La puesta en escena llegaba a su momento cumbre cuando el correo del Zar nos mostraba sus Cuarteles de Invierno. El emisario llegaba con ganas, y enmudecía La Riviera, caían los bordes, despegábamos con la exclamación al ver el telón caer dejando al descubierto la enorme pantalla de leds, que hasta entonces solo había sido un juego de sombras. Salíamos de lo general, nos sentíamos únicos, como si realmente el trofeo de la noche hubiese sido simplemente poder disfrutarlo.
Volvíamos a tomar nuestros mapas, a sabiendas de que nuestros días en el mundo ya no son iguales desde el 2008. Ahora todos los días son raros, sobre todo los posteriores a haber disfrutado de un espectáculo de semejantes características. Aún, en este preciso instante, podemos jugar con el lazo que ataba regalo, manteniéndolo entre los dedos, disfrutando con aire soñador mientras pensamos cuando será la próxima vez que podremos reagrupar los pedazos, y volver a perfeccionar nuestros vicios a ritmo de Vetusta Morla.
Autor; Shara Sánchez