
Es curioso lo poco que valoramos en ocasiones el placer de sentarnos ante un artista que nos ofrece una parte de sí mismo y desnuda su alma ante nosotros.
Cuando te sientas en la mesa de un Café, como nosotros hicimos el sábado, ante un músico, en este caso dos, Irene Nandez y Maydiremay, debes hacerlo con la misma sinceridad con la que ellos en sus canciones te cuentan parte de su vida. Debes hacerlo con la seguridad de que el dinero que compra ese billete de ida a un mundo que no es el tuyo, irá destinado a que esa persona siga creyendo en sí mismo, y como consecuencia de esto, siga creando la música con la que te identificas, que te alegra en tus días buenos, o que acompaña tus lágrimas en los días tristes.
Desde el primer día que vi en directo a Maydiremay, quede completamente fascinada con su forma de cantar, con su forma de crear música, de explicar sentimientos, de llegar al corazón de las personas entrando en ellos a través de sus oídos. Y cada día que escucho su música, llega más a mí, y a la de todos aquellos con los que voy compartiendo ese descubrimiento.
El sábado no había ni un hueco libre en Parapeto, todos dispuestos a escuchar, a disfrutar. Así uno a uno, y ambos juntos, empezaron a crear su música, a explicarnos como se sentían cuando compusieron uno u otro tema. La voz de Irene, quien nos confesó que suele cantar bajito, se hizo poderosa y fuerte. Llegando a todos los rincones y ganándose los aplausos de los presentes.
Las increíbles melodías de Maydiremay confortaban el alma en un tranquilo plan musical de sábado.
Con una armonía peculiar los dos nos hicieron disfrutar de su música, y de las versiones que les apetecía tocar, Radiohead, o Boza entre otros. Y aunque nos volvíamos a casa con ganas de haber escuchado Monochromatic, nos volvíamos plenos, con la sensación de que nos habían completado. De que nos habían llenado de su música, de una parte de ellos. Solo por eso, por el placer de escuchar… Gracias Irene, Gracias Maydiremay. Hasta la próxima.