
Después del revés que supuso para la organización del Festival Tomavistas tener que cambiar la programación, llegaba la fecha en que el Hipódromo se vestía de gala. De los dos fines de semana programados inicialmente, el festival de la capital se quedaba solo en uno, y los grupos de la cantera nacional orgullosos de lucir su nombre en el cartel prometían darnos dos noches que demostrasen que merecía la pena la apuesta.
Con las vistas del lugar, y desafiando de nuevo a la climatología, pues Madrid parece volverse loca cuando se trata de celebrar un concierto al aire libre, empezaba madrugador el festival.
Viernes
Los primeros grupos iban llegando, tocando y lidiando con un sonido demasiado intenso. Las ganas de todos aquellos que ponían su trabajo a cambio de que el festival saliera adelante inmejorables; la puntualidad, que es algo que valoramos, se llevaba a rajatabla. El Tomavistas hacía gala de muchas de las cosas que pedimos cuando asistimos a los festivales, jardín y sofás para sentarnos cuando las fuerzas no nos dejan continuar, un buen número de barras donde pedir comida o bebida, conciertos que dan comienzo cuando han terminado los del escenario contiguo y baños limpios, eran algunas de las cosas que nos hacían mirar hacia los lados asombrados con respecto al número de asistentes.
El sonido machacón y desbordante de Triángulo de Amor Bizarro que nos había dejado una vez más con la sonrisa de bobos, quedaba atrás cuando León Benavente se subían al escenario. El grupo hacía gala de todos sus años de experiencia, tanto como músicos, como expertos en sonido algunos de ellos, y marcaban claramente una distancia con aquellas bandas que les habían precedido durante la tarde. Dejaban firmada su declaración revolucionaria una vez más a través de la música, e incluso por los suelos se quedaba el Rey Ricardo. No quedaba atisbo de duda, León Benavente son un grupo de escenario; llegan, tocan y siempre, sin excepción hasta la fecha, triunfan.
Cerraba la noche El Columpio Asesino que acercaba sus Ballenas muertas desde San Sebastian a la costa imaginaria madrileña. Desde luego no creo que ninguno de los presentes se arrepintiera de no estar de vacaciones. El festival nos dejaba lo mejor de un día de música, y sobre todo una buena dosis de risas y encuentros con amigos.
Sábado
Nuestras expectativas para el sábado se centraban sin lugar a dudas, en ver de nuevo a Pasajero, uno de nuestros grupos vitales. Los madrileños acaban de terminar la grabación de su segundo álbum de estudio, y sin duda, el mejor regalo que podrían hacer a un público entregado eran algunos de esos nuevos temas. Sonaron redondos, como una banda compacta, entre miradas cómplices y sonrisas, sentenciaron que el escenario grande es proporcional a su calidad musical. Como siempre el tiempo en los festivales parece corto para los grupos que más te llenan.
Las veces que hemos visto a Mucho es complicado contarlas. Hemos de confesar que buscamos sus Shows y hacemos por tropezar accidentalmente con esos directos que nos aportan una buena dosis de risas, y sobre todo de música sincera. Las colaboraciones estelares se vieron reiteradamente en todas las actuaciones de la noche. En realidad el Tomavistas hizo sentir a los músicos del cartel que estaban en una reunión de amigos, y todo sonó de esa manera.
El característico sonido de Right Ons hacía gala de sus orígenes, y cantaban en el castellano más castizo casi todo su tiempo sobre las tablas. Los chicos de Being Berber, que se adueñaron del escenario Gonzoo y son sin duda una excelente propuesta para no quitar ojo, tal vez ese sonido que nos recuerda mucho a Tuya en sus primeros pasos no deja lugar a dudas de que pueden seguir un gran camino en cuanto a buena música se refiere.
Guadalupe Plata y Sidonie cerraban una noche en la que el frío y la música se adueñaban de un Madrid hambriento de nuevas propuestas. El año próximo, con esfuerzo y valentía, tal vez podamos decir hola al Tomavistas, para demostrar que realmente nos importa lo que escuchamos en la capital.