
Hablar de música es sencillo. Probablemente cualquier persona que escuche una canción podría contaros muchísimas cosas de ella sin problema. Pero cuando hablas de música que te hace sentir, has de recuperar el sentimiento que te ha provocado cada acorde, volver a rememorar ese escalofrío en tu piel, dejar que te invada el sentimiento de fragilidad de saber que alguien, entre letras y acordes ha conseguido traspasar las barreras que cada persona establece para aislar su parte más vulnerable del mundo. Esas son las cosas complejas que tratamos de plasmar en un espacio en blanco cada vez que en esta web os contamos un concierto.
Cuando el artista que se sube al escenario es Ana Muñoz el añadido es mayor. Jamás podría hablar de Ana explicando el set list. Jamás el orden de sus canciones podría estar por encima de lo que ella logra que ocurra cuando su música nos posee. Cuando la vi por primera vez en esta nueva etapa, desde que ella es solo ella con su guitarra, lo que Generosa traía consigo me emociono tanto que se transformó en un deseo casi inherente a mi propia persona. Quería a toda costa tener ese futuro disco en mis manos. Quería poder escucharlo una y otra vez hasta extraer todos los mensajes ocultos que Ana ha ido dejando en él. Por ello pocos han sido los motivos que me han impedido vivir los directos que desde ese día ha ofrecido.
Profeta, probeta, o lo que sea, en su tierra, como ella misma nos decía por Facebook. Lo que es seguro es que sobre todo era la voz cantante de la noche, en una ciudad como Zaragoza que la ha acogido como una más, y de la que ella hace bandera como otros grandes músicos que la acompañaban en la mítica Lata de Bombillas, donde su Fender Nácar relucía y marcaba un punto blanco entre las sombras difuminadas de su vestido negro.
La dulzura de su voz contra la amargura de aquellas cosas que nos cuenta, con Ukelele o sin él. Ese acto, que tanto conlleva, de bajar el escalón que la separaba de nosotros y mezclarse entre el público, que convertía el respeto en un pasillo rematado con una alfombra roja imaginaría. Cada momento, cada minuto, gesto o guiño a cualquiera de los presentes, conocidos o no… es lo que transforma a Ana en una artista de excepción, es lo que hace que músicos cargados de talento se encuentren entre los que la escuchan.
Y en una noche de lujo no podía dejar de demostrar que lo más importante en la vida son personas. Que lo más especial es darle el valor a las cosas, por pequeñas que sean, en eso se basa la generosidad. Amigos, publico fortuito, fans, y asistentes a los que simplemente otros se lo habían recomendado, hacían de la noche de Ana “en casa” algo más.
Y que si la noche no me deja ir, y que si la noche no me deja dormir. Nada me importa cuando el amor a la música se escribe con H muda.
Autor; Shara Sánchez
Fotos; Marta Asensio