
Toledo parecía el lugar perfecto para pasar el sábado noche. La ciudad del cruce de las tres culturas nos acogía con los brazos abiertos, y solo allí podía ocurrir que el concierto al que nos dirigíamos se celebrase en una iglesia reconvertida en sala. Techos abovedados, sensación de que el suelo que pisábamos estaba lleno de años de historia. Sin poder quitar la vista del marco incomparable que nos rodeaba, comenzábamos a jugar haciendo malabares, saltando allí donde nadie salta.
Nada frena al ruido de Veintiuno, y menos cuando se trata de tocar en casa. Dani sacaba toda la potencia, rebuscando hasta en los más ocultos rincones de sí mismo, para que todo lo que algún día fue una iglesia sonara al ritmo de sus tambores hipnóticos. Todos rezábamos con ellos la oración de ruido, los relojes se paraban, era el tiempo de estos cuatro chicos que triunfaban en casa.
Durante cuarenta minutos le robaban el tiempo a la vida para demostrarnos que sin miedo, más bien con valor, con amor a la música, podían conseguir que los que les conocíamos y los que se plantaban frente a ellos por primera vez, corearan algunas de sus canciones que ya son un himno. Guiño a Jaime García Soriano cuando nos contaban la historia de aquellos que sueñan con ser astronautas, esos que sienten con el mismo corazón. Definitivamente nada marcaba el tiempo, que ya no sabíamos si seguía corriendo o se había detenido y tal vez era verdad lo de “somos dioses”. En realidad nadie quiso despedirse.
El antifaz de Alberto parecía haberse quedado en los festivales de verano, pero la parte oscura que habita dentro de él se notaba en sus ojos. Salían a escena los Miss Caffeina entre gritos y aplausos.
Con pisadas firmes, y canciones que mucho distan de cuando De Polvo y Flores veía la luz por primera vez, sentíamos que los kms, y las citas, que han pasado por estos temas los han hecho madurar. Aplomo y profesionalidad adquirida. Aquello de lo que hablan en sus letras no es nada fácil, no hay simpleza en la poesía de sus temas, que se fusionan con guitarras y personalidad de sus componentes.
Y siempre, en cada concierto, tenemos un momento para bombardear Disneyland de la mano, a medias, como estaba hecha la noche; al cincuenta por ciento entre dos grupos que querían que su música resonara por las estrechas y sinuosas calles de Toledo.
Sin que micros rebeldes pudieran estropear los momentos que eran nuestros, tomábamos la copla por la parte del arte. Mano en alto, y ya sabes lo que dicen de los grande gigantes.
La ciudad imperial había sido conquistada de nuevo. Solo quedaba rendir pleitesía a los nuevos reyes. Salve Veintiuno. Salve Miss Caffeina.