
Imponente, solo con su voz y una guitarra, parapetada tras un flequillo geométricamente perfecto, salía a escena La Bien Querida. Así daba comienzo el fin de esta etapa, con una canción acústica, un vestido brillante y una intensidad que nos dejó perplejos. Escudriñando con atención a la primera fila, como si contase uno por uno a los presentes en la abarrotada sala, daba paso a David. Llegaba el momento de bailar, de cantar, de perdernos en sus emocionales letras y sobre todo de pasar una noche a la que habíamos llegado con Premeditación, Nocturnidad y Alevosía.
Con el escenario repleto de instrumentos a los que extraer mágicos sonidos no se tomaban demasiado tiempo para ponernos a hacer eses de amor con las caderas. La devoción hacia la banda y en especial hacia Ana, quedaba totalmente declarada (con cumpleaños feliz cantado a pleno pulmón incluido). Hasta una atrevida y espontánea fan se subía al escenario para pedirle que volviese a tocar 9.6 porque se la había perdido. Las declaraciones de amor, se escuchaban entrecortadas entre sintetizadores, drumpads y guitarras. No podemos decirlo de otro modo, La Bien Querida nos mata de amor.
Con mucha empatía, todos hacemos nuestras sus letras cargadas de verdades, en ocasiones dolorosamente irónicas. Eso, precisamente, inclina si cabe más la balanza hacia su lado, pues desde que en 2009 el Romancero apareciese en nuestras vidas con faldas folclóricas, ella se ha convertido en uno de nuestros imprescindibles para los buenos y malos momentos.
Después de una hora y media en la que la intensidad se desbordaba, se despedían de nosotros, Ana ramo en mano, nos decía adiós, hasta pronto. Ojalá su regreso a los escenarios no tarde demasiado, no queremos esperar toda la vida para volver a caer rendidos ante sus poderes extraños.
Autor; Shara Sánchez
Fotos: Toe