
Nicolás Pastoriza volvía a Madrid, y esta vez en su equipaje había contado con algo más que su Guitalele. La música que contiene Poetas y Motocicletas, sumada a la experiencia de los músicos que le rodean, desplegaba un espectáculo para minorías sobre el escenario del Costello.
Las letras de Nicolás son sinceras, no dejan impasible a nadie, pues unos más y otros menos, pero todos sin excepción, podemos sentirnos identificados con algunos de los temas en los que expresa sus inquietudes. Puede hablarnos de astronautas o de bucear sobre las sábanas, de amores a primera vista y de amores a uno mismo, pero siempre lo hace de esa forma sencilla que nos llega con empatía.
La cueva del Costello era la puerta para conocer más a Nicolás, e incluso si nos descuidamos, hubiese podido ser la plataforma de lanzamiento de nuestra propia nave espacial, pues contagiados del espíritu “algo marciano” del Frontman de la banda, a punto estuvimos de partir hacia Galáctica cuando veíamos la “pedalera” de David, al Mellotron y la trompeta.
La agria canción del telonero daba el pistoletazo de salida relatando así verdades sobre estrofas repetitivas de amores no demasiado felices, mientras aquellos que, aguardan la salida del grupo que han ido a ver, no prestan demasiada atención a lo que ocurre. Y así captaba en la primera nota y palabra nuestros sentidos para el resto de la velada.
La noche se completaba con la colaboración de algunos artistas de procedencia gallega que compartían lugar entre el público con nosotros. Algunos incluso de los que han formado parte de este disco, que toma su nombre de un club de amantes de las Vespas y la buena comida. Cada minuto que pasaba éramos conscientes de estar en un ambiente privilegiado escuchando música para muchos desconocida, pero cargada de la experiencia de gente que ha volcado su vida en ello y por encima de todo quieren ser un altavoz para el mundo.
Se hizo de rogar lo justo para salir al bis, pues aunque nos decía que como está por encima de los cuarenta él era su propia MILF, nos tocó aclamar su par de temas de más. Con un atardecer mezclado entre el puente de Waterloo y la Ría de Vigo, sentenciaba que las canciones no son de aquellos que las escriben, sino que cualquiera que sea capaz de dar un giro y hacerla suya puede cantarla con tanto estilo como su dueño.
Una vez más Nicolás había completado la noche, acompañado de unos miembros de banda, que en realidad son algo más cercano que simples compañeros de conciertos.
Autor; Shara Sánchez.